martes, 29 de mayo de 2007

Él dijo que volvería a esta vida si al menos su destino, si al menos se lo permitirían esta vez, si su destino fuera convivir con la misma miseria que lo había visto nacer ya otra vez en esta vida, ¿o en otra vida?, no importaba. Camilo parecía ser una excusa para sobrevivir a la ficción, al temor de dormir, soñar, vivir. Estebán, ¿era acaso ese su nombre?, alguien alguna vez lo había llamado Camilo, o quizás se confundió con otra persona a quien llamaban en el parque por donde cruzaba. Tal vez confundió esa voz (me pareció familiar en ese instante) y él entendió por este nombre, se había identificado con este nombre, ¿o era Esteban? (¿Podré saber realmente o estar seguro acaso de lo que escuché aquel día?) ¿Quién demonios era Estebán? Camilo se preguntó, decidió más bien de disvariar sobre asuntos poco importantes. Había sido víctima de un disparo errado por quien creyó reconocer, o conocer (siento que lo he visto, no, lo he abrazado incluso, lo he tocado, su piel me es familiar, su aliento, su mirada, me es familiar; sé quien es...) de alguna parte, del colegio, de la terrible experiencia que siempre resulta ser la secundaria para cualquier hombre diferente; del colegio, de la salida de misa el último domingo (aún recuerdo cuando Berta se arrodilló para ofrecerle su misericordia a Dios con la hostia en la boca y le vi hasta el muslo, ¿nadie le ha dicho que a misa no se va con enaguas o simulacros modocitos de tal horrorosa prenda?), de la escuela, de la infancia... de los tantos vecinos que llegan un día, comparten los juguetes, las primeras peleas, de los primeros samueles que de niño suelen cometer los niños diferentes o precoces de salvajismo (yo no creo que el placer sea un salvajismo como dice mi papá, o mi abuelo, o más bien creo que fue el pilpero cuando llegué con los labios pintados después de tanto arremedar a Sara cuando jugábamos ella, Camilo y...) ¿Camilo? Tenía una sensación extraña. De repente sintió náuseas y el ímpetu insoportable de visitar, de consolar, de preguntar por Esteban, de cuidarlo, porque algo le había pasado jugando con los legos en su casa esta mañana (yo le dije que no se los echara a la boca)... Pero Esteban no le había hecho caso. Camilo recogió los legos cuando su madre le prometió no dejarlo jugar de nuevo con Esteban si continuaban con esos juegos de asfixiarse, de perder la memoria, de recostarse contra la tapia frente al almendro de la casa e imaginar que el uno era el otro y de pronto allegaba para hacerle compañía.

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