miércoles, 2 de mayo de 2007

Camilo, de repente sintió que sobraba en aquel lugar, así que, desafiando la lluvia que ahora caía como caen las hojas removidas de los árboles por la brisa tenue, se dirigió a paso firme a su cita con Ana Luisa. De camino pensó en llevarle unas flores, talvez margaritas, pero sólo consiguió un manojo de rosas blancas, de manera que lo compró y continuó su trayecto observando aquellas rosas a punto de abrir sus pétalos y no pudo dejar de compararlas con su amiga. Brincando charcos llegó hasta la casa que lucía hermosa con sus techos viejos de teja y sus paredes blancas como aquellas rosas que recién había adquirido para ella...

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