De pronto, su mente volvió al papel, que hacía pocos minutos había llegado hasta sus pies. ¿No debería hacerle caso? ¿No fue juntando papeles como ficcionalmente se escribió la novela de las novelas, es decir, El Quijote?
No sería acaso una señal de que su vida era eso… Sólo pensarlo sintió pavor.
En medio, de la lluvia corrió hacia la biblioteca pública. Lo necesitaba, como si su vida dependiera de eso. Necesitaba leer, releer, aquél cuento que una tarde, hace ya mucho tiempo, Esteban le leyó. No recordaba el título exacto, quizás por la premura con la que se atropellaban sus pensamientos, pero el autor era uno: Jorge Luis Borges.
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