lunes, 18 de junio de 2007
¿Por qué alguien debía morir?¿Por qué él debía estar sometido a las mismas leyes de la nada, del olvido, de la muerte? Decrepitud es tu nombre y es mi nombre. La infancia reducida a simples lamentos, juegos de caricias, golpes de rodillas, carcajadas, escapadillas y regaños de los padres... La adolescencia y su maldita incertidumbre del placer, del sexo, los miembros desconocidos de otros hombres, los senos degustables, pero siempre prohibidos... Y ahí, en medio del cambio, Sara... Esteban... Camilo... Una vez creo, estábamos desnudos Camilo y yo cuando Sara entró a nuestra recámara. Su mirada no escapó a la aventurera labor de compararnos: los cuerpos en formación, los vellos escasos, los pechos madurando, los muslos de jóvenes deportistas, la voluptuosidad de manos anchas, espaldas de hombre, sudor de hombre, todo hombres los dos... Y Sara, me pareció que en su mirada insinuose por un instante el instinto del incesto. Exploré con igual atención el cuerpo de Esteban por un momento. Sara me había inducido a hacerlo. Él, como en un intento por evadirme o acercarme, subió ambas manos al pecho y desconozco si quería cubrirse o se acariciaba. Sara mordió silenciosamente el morbo. Al fin y al cabo era un trío íntimo de siempre y para nunca. No puedo negar que por segundos el cuerpo de Esteban me resultó atractivo, irresistiblemente masculino, casi temí que él fuera más fuerte y dominante que yo; pero me gustó el hecho de creerme al lado de Sara indefenso ante su mirada, sus brazos, su boca... su recuerdo ¡Debo estar loco! ¡Demonios! Hace no más de unas horas que recibí la noticia de la muerte de Sara y yo me detengo a pensar morbosamente sobre experiencias de juventud y, sobre todo, experiencias que involucran a un recién fallecido. Y a un amigo. A otro hombre... ¿Dónde estará el dolor? Es dolor lo que debería estar sintiendo. Creo que debería serlo, la gente normal lo experimenta, se sentencia a sí mismo en el luto, la melancolía, el desgarro... Y yo me entretengo en su mirada de quinceañera, casi desnuda, con sus dedos apretando el muslo y el instinto a perra penetrada; y sus piernas, el carnoso labio, su miembro -erecto estaba, lo recuerdo- me parecía tan jugoso, más que las campanillas vírgenes en el temblor de Sara... Esa fuerza, ese roce de mujer, torso como aire acariciado y la muerte y lo imposible y la nada... y yo, solo. Otra vez. ¿No es acaso el dolor tan puro como el placer? Las mismas flores de la muerte las celebra en las bodas el amor, y el lamer.
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