sábado, 23 de junio de 2007

¿Y qué si la muerte y el goce eran la misma trampa del hombre? En fin, ambas son efímeras. Sara ya había fallecido, el recuerdo de su carne, las carnes, el esfuerzo de Camilo por respirar sobre Sara, Estebán sujetando las manos de macho cabrío de su amigo. "¿Será igual de placentero el abrazo fortuito del final?" -pensó Esteban. Camilo paseaba por el parque de San Pedro aquel día. Decidió despejar su ánimo yendo a correr dentro de la U. "No hace viento. Es una mañana tranquila..." -dijo en voz baja. Quienes transitaron a su lado en ese instante le vieron habalndo solo. "Quizás piensan que también estoy loco ¿Y qué si lo estoy? Mi amiga me habría dicho en estas situaciones que no preocupa la cordura sino cuando no somos capaces de crear. ¿Crear? ¿He creado algo en mi vida? ¿Al menos he procurado el intento de jugar a Dios; de plasmar mis deseos, mis angustias, mi vacío en algo: un poema, un retrato (Un retrato es demasiado para mi estúpida pretensión de ser artista.); una relación." Camilo había demostrado ser capaz de manipular a Sara. Incluso sintió que en la súbita muerte de su amiga él había colaborado. Esa mañana recordó. "Debimos estar locos cuando se nos ocurrió, aquel día, desnudos, interrogantes, pretenciosos, absolutos, compartir... mentir... doler el uno en el otro... ¡Ja! No puedo decir que sentí asco. No por Sara, tal vez por Esteban. Pero. Allí. Los dos, frente a mí; piel como labios desafiantes, la una; piel como espejo desafiante, el otro." Camilo se detuvo en Nueva Década. "De vez en cuando encuentro algo atractivo." Revisó entre las revistas sentenciadas al olvido y canjeables por 1000 colones. Decidió entrar. A pesar de la insistencia de la pequeña y rubia dependiente, exploró cuando rincón pudo. Al principio pensó la mujer que se trataba de un ladrón; luego, de quien sólo se interesa perder el tiempo mirando portadas y párrafos al azar mientras se prepara para algo (una cita, un almuerzo, un examen -"Hay exámenes en estas semanas en la U", pensó la dependiente-). De repente, allí. Le despertó más que curiosidad. ¿Cómo era capaz el destino -Camilo creía en esas cosas- de poner en sus manos ese libro de poeta juvenil y aún anónimo; ese poema en particular; esa portada de joven desnudo (Debía estar loco este joven poner una foto suya, desnudo, como portada). Leyó:

Tríptico de la piel

“...sobre qué maravilloso lecho nos tendimos,
hacia qué placer entregamos nuestros cuerpos.”
Constantino Kavafis

Él
Quiero lamer
sus venas quietas,
y la noche flameante
atorada a su boca.

¡Quiero el sabor líquido de su espalda!
Su voz arqueada: Descubrirla,
¡cuando sobre él te inclinas como un inagotable
violín sumergiéndote entre sus lunas!

¡Aférrame a tu sudor inhabitado!
¡Amordázame contra esta pared
porque quiero profesar desde su hombro el alba,
y lamer necesitado contra sus hombros,
y asentarme poseído
contra sus hombros,
y arrebatarte contra el fornido celo de sus hombros!


¡Nada se acaba en ti!
¡Pero enfréntalo con tus manos
fatalmente desnudas!

Porque desde el presentimiento
te miró por sobre el hombro, y allí estabas.
Desde el presentimiento
te miré por sobre mi hombro, ¡y aquí estabas!,
¡cansado de tanto decirte niño,
pero aún con la cometa
del azul quemándose entre tus manos!

¡Nada, nada se acaba en ti,
ni la complicidad de mi barba en tus rodillas,
ni el instinto de la oscuridad en tus rodillas,
ni su cintura golpeando tu peso de mar
erguido en sus rodillas!

Yo
Necesito ese lunar que me entregas,
sin más motivos que el gemir o la vida. Aguardo
tu pelo ladeando compasivo hacia
mis piernas. Quiero…
Su lengua que me arrebata imborrable
¡esta invención de mi cuerpo entre tus ojos!

Hunde en mi yema tus dientes.
¡Porque también el amor se detiene a mirarnos!:
¡Te sorprende desnudo acariciándote
entre jadeos doradísimos como naranjas!

Hunde en mi yema tus dientes.
¡Mas despréndeme de su tacto mientras me apresas,
por entero así con tu cadera, porque nadie,
nadie sabrá que martirizaba
su colibrí de amor, entre mis dientes
!

Sara aparecía de nuevo, por segunda vez, en diez minutos, esta mañana. Y ya muerta, fue capaz aún de hacerlo disfrutar de ella y Esteban, a pesar de ser otro hombre; a pesar, de que estaba muerta.

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