lunes, 4 de junio de 2007

Era en este día. Sin más. Pero en este día. Reconocía las terribles agujas que le atravesaban el ánimo. Reconocía la sinceridad de las paredes mirándolo y acusándolo por pensar acaso deshacerse de esta confusión. De esta amenaza. De esto, que llaman 'vida'. Era en este día, cuando precipitaba su recuerdo o su anhelo esgrimía la imposibilidad de ponerse en pie y aventurarse contra una caminata tan sólo. Una caminata. Ya no recuerdo el aroma de los transeúntes sudados cuando en la presa de alguna esquina sumisa a la terca ambición de un semáforo se amotinan y el olor, el pestilente olor del deber laboral cotidiano, la pestilente obligación y necesidad se consagra como en un plato de vaho junto a todos y les dice al rostro: 'También sois la misma miseria que os piensa." Era en ese día, una caminata. El parque y los tantos muertos de hambre amenazando o conmoviendo a quien pase. Qué extraña sensación esa, pensó, cuando el mendigo corona con su decadente mirada nuestra atención y tan sólo nos pasa por la mente la terrible amenaza de morir o ser asaltados en manos de este malnacido... cuando el mendigo corona con su decadente mirada nuestra atención y tan sólo nos pasa por la mente la terrible condena de Dios o el Gobierno o el egoísmo o el capitalismo o el new age o cualquier otro invento social que determine el misterio del universo y la falta de aceptación, a nadie le gusta aceptarlo, que somos como víctimas de las más sublimes e indescifrables razones del cosmos, del karma, de nuestro destino, de nuestra voluntad; de nuestro aprisionamiento en todo caso. Era en este día, cuando decidió dar una vuelta y encontrarse quizás reflejado en el rostro de algún conocido, de establecer de nuevo la posibilidad de mentirse, crear un perfil para su incertidumbre a medida que se iba conociendo... "Conócete a ti mismo y moverás el mundo", "Conviérte en lo que eres por delante y te diré quién eres por detrás", "Hijo de tigre por delante sale manchado por detras." Era esto, en este día, sentir la libertad, la ignominiosa apariencia de libertad con que todos salen a recibir su muerte cada día cuanto él anhelaba. Olor, sentir el roce de alguien desconocido, comer, tocer, tal vez escupir como los jóvenes que recién han aprendido a fumar frente al grupo de amigos; decir cualquier oración sin sentido que el lenguaje le permitiera, aunque su razón le demandara el mínimo de coherencia, el mínimo de respeto, el mínimo de compasión por atreverse a jugar en su mente a que estaría libre, de nuevo, como nunca, alguna vez, en su vida.

No hay comentarios: