lunes, 11 de junio de 2007

Una gota de amargura

¿Has visto alguna vez un orinal gigante? Una gran pared manchada por la permanente humedad, el piso un charco incoloro y la luz escasa. Sí, un lugar realmente asqueroso aunque soportable por el breve instante en que te acoge. Por eso mismo, tal vez, no podes describirlo con exactitud, aun cuando siempre que entras en él ya sabes a que vas. Bueno, eso es grandes rasgos el bar que frecuento. Me preguntas: ¿quién iría a un lugar tan poco salubre? La verdad no lo sé, los que allí vamos parece que acordamos tácitamente, por supuesto, no intimar con el de la par. Probablemente seremos los mismos de siempre los que asistimos a este hueco, eso, la verdad, nunca lo sabré. Sí, ya sé que estás pensando nuevamente: ¿Por qué ir a un lugar tan frío? Bueno, no es muy diferente a lo que se vive en la realidad. Ir de una parada de buses a la otra, del trabajo a tu apartamento. ¿Cuántos pasajeros del bus conoces? ¿Cuántos compañeros de trabajo sabes que existen? ¿Dime el nombre de dos vecinos tuyos? En fin, creo que sería realmente extraño, más bien, frecuentar “bares de moda” porque, y es mi opinión, la gente cree ir a esos lugares a intimar con otros contemporáneos: escenario de la más falsa y hasta frívola pantomima del “break”. Todos están tan ocupados en mostrarse a los otros que no ven en los otros más que juguetes contra el hastío y la soledad cotidiana.

No lo sé pero, por lo menos, en mi orinal evito todos los inconvenientes del “bar de moda”; es como todos los lugares de paso que llenan nuestra vanal cotidianeidad. No hay que aparentar frente al otro sólo estar mientras… mientras lo que sea. Como la que se sienta a la par tuyo en el bus a maquillarse para alguien que, evidentemente, no sos vos. O aquél compañero de trabajo que baja el “porno”, en el cubículo de la par, mientras llega la hora del almuerzo. O el compañero de clase que escribe la tarea de la lección siguiente. En fin, con el mismo pathos, vos vas al bar, te sentás en una mesa, oís The Cure y te tomas dos cervezas mientras te da sueño; vas a la casa, dormís y todo vuelve a ser así hasta que un día morís o el bar es clausurado por el Ministerio de Salud.

Sin embargo, la noche de ayer algo distinto ocurrió; eran como las diez, yo acababa de entrar y un sujeto vestido con guayabera amarilla, pantalón café y sombrero caquí -parece que el tipo se equivocó de bar-, entró y sopesó el ambiente. Tanta imprudencia me hizo alzar la mirada más allá de mi cerveza; fue hasta ese momento -lo confieso- que pude dar una impresión de los rasgos del bar y la gente a mi alrededor. Pero más allá de eso, noté cómo el cuerpo extraño observaba con insolente cuidado a una muchacha vestida con camiseta blanca, raída y adherida al cuerpo, enagua de cuero, muy corta, y botas altas que nacían incluso antes de sus rodillas; su rostro, aunque bello, más parecía un mostrador ambulante de fantasía y metal.

-Se digna de lo que sueñas- dijo el gavilancillo.

Un silencio inundó el lugar. Una sola mortecina luz revelaba el centro del orinal. Una trompeta seducía las paredes y la voz de Ibrahim reducia el espacio a la dimension de un ladrillo: “Dos gardenias para ti con ellas quiero decir te adoro, te quiero…” La niña sonriendo, siempre con miedo, se dejó llevar por ese extraño impulso con guayabera hacia el centro iluminado. Los dos, en aquel basurero industrial, se hicieron uno, -¡Yo lo vi!-, la trompeta los envolvía, los magnificaba; la voz los arrullaba y ellos bien erectos se contoneaban con elegancia y suavidad. Una lágrima calló sobre mi vaso al tiempo que mi pecho se reducía freneticamente en contrapunto con el violento movimiento del musculo sanguineo. No había terminado de sentir este malestar corporal cuando la canción cesó y la pareja salió, escapó, se perdió. Traté de perseguirlos mas no los encontré.

Si los llegas a ver cuéntales lo que te he relatado y pregúntales: ¿Por qué?

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