sábado, 2 de junio de 2007
Camilo evocaba lo que había sido aquella pesadilla. Los primeros días fueron confusos, extraños. Se encontraba en un hoyo negro, profundo, en un sueño no sueño, donde escuchaba las voces apresuradas de los médicos en la sala de emergencias. Un dolor físico inmenso, junto a un dolor psíquico aún mayor. Una inmensa soledad, pues aunque escuchaba a los médicos en su ir y venir, aunque sentía el olor de mil sustancias médicas, la vibración de la camilla deslizándose velozmente por el pasillo, era incapaz de reaccionar. Como alguna vez había imaginado que se sentía una computadora cuando tecleabas sobre ella. Ciega. y con una conciencia fría y oscura. Pinchazos de agujas en sus venas como las lanzas de unos liliputienses. Luego sintió que se hundía más y más. El hoyo ya no era como al inicio, un pozo de paredes húmedas cuya viscosidad parecía extenderse hasta él como los hilos de una telaraña. Sin embargo seguía cayendo, cayendo, fsssss...Ahora era como el ovillo lleno de huevecillos de la araña misma, suave y pegajoso. Extendía los brazos...y sentía otras manos que lo halaban. Ya no escuchaba a los médicos...No sentía las mangueras en su nariz ni el suero intravenoso que circulaba por su cuerpo. No percibía la luz del quirofáno, ni imaginaba los rostros enmascarados que lo rodeaban. Entró...se veía a sí mismo en una especie de mansión, rodeado de jóvenes a quienes no conocía. Hombres y mujeres, vestidos a la usanza del siglo XIX. Muy jóvenes aún. Se le acercaban con aire de complicidad y le decían: -Alguien viene a matarte, lo sabemos, pero no te preocupés, nosotros te cuidaremos. Miró por una ventana. Había un parque lleno de palmeras. Una joven se acercó a una pequeña palmera y la arrancó. Luego la clavó sobre el suelo como una lanza. Los jóvenes huyeron dejándolo sólo: -¡Es la señal! ¡Lo encontrará! Se perdieron entre las palmeras. De repente, frente a él, un ser vestido con una larga túnica negra, que ocultaba su rostro con una capucha. De su cuello colgaba un extraño dije. Lo arrinconó contra una cama y le atenazó el cuello con ambas manos. Su voz, extraña y profunda le decía: -¡Mira mi rostro! Aterrorizado, Camilo cerró sus ojos con fuerza: -¡No! El ente persistía en su idea: ¡mírame! Desesperado, Camilo gritó : -¡Dios mío, ayúdame! Sin abrir los ojos, en medio del forcejeo, estiró su mano. Encontró un objeto, la base de una lámpara, quizá, no sabía. Comenzó a golpear al ser con todas sus fuerzas, una y otra vez. El ser lo soltó y se hizo un puño en un rincón. Camilo salió corriendo. No había nadie en la casa. Corrió más hasta que encontró una multitud a la que gritó: -¡Lo vencí! ¡Lo vencí! La multitud se puso de pie y aplaudió, pero sin mirarlo...De repente, abrió los ojos. Estaba rodeado de mangueras y máquinas, escuchaba el típico sonido de un monitor cardíaco...
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