sábado, 2 de junio de 2007

Muchos años después, frente a sus tres amigos, Camilo había de recordar aquella tarde remota en que su otro yo lo llevó a disparar contra su doble. San José era entonces, y lo es aún, una aldea de casas de concremix y zinc construidas a la orilla de ríos de aguas contaminadas que se precipitaban por un lecho de botellas de coca cola, plásticas y de dos litros como barquitos que alguna vez almacenaron las aguas negras del imperialismo yanqui. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo y decirles chunches.

1 comentario:

Laura dijo...

Agradecemos al señor Gabriel García Márquez.